Casa de la Memoria de Tumaco: Cuando los museos hablan, lloran y luchan

Casa de la Memoria de Tumaco: Cuando los museos hablan, lloran y luchan

ESPECIAL TUMACO

Casa de la Memoria de Tumaco:
Cuando los museos hablan, lloran y luchan

 

La fachada se levanta a mitad de la calle, su puerta abierta como una voz de bienvenida. Tres murales son los primeros en recibirte. El primero te cuenta la historia de Tumaco: los indios Tumac, el carnaval, el conflicto, el proceso de paz, las parteras… El segundo te introduce en la cultura tumaqueña a través de sus oficios: el patrimonio inmaterial de la gastronomía, la pesca, las plantas medicinales tradicionales… El tercero es un manglar genealógico que te presenta a la ‘Madrina de Uñas’ o al ‘Padrino de Agua de Socorro’, entre otros tantos integrantes de esas familias numerosas que son en últimas las comunidades del Pacífico colombiano; el antónimo del individualismo promovido en la cultura occidental.

“Al final, todo el mundo es una misma familia”, te explica Jessica Ortiz a la entrada de la Casa de la Memoria del Pacífico Nariñense, más conocida como la Casa de la Memoria de Tumaco.

Más tarde, ya adentro, Jessica te guiará y te llevará al Santuario de las Víctimas, donde aproximadamente 700 fotografías de víctimas del conflicto armado donadas por sus familiares honran la memoria de los suyos. Son imágenes que asfixian la indiferencia, que invocan la empatía y arrancan lágrimas directamente de tu vientre. Rostros que no conoces, realmente, pero que por alguna razón te conmueven. ¿Qué razón puede ser esa? ¿Acaso ante la imagen en carne y hueso de la guerra imaginas que esos rostros podrían ser los de los tuyos? Es probable, no lo sabes bien. El hecho es que cuando sales de este espacio, tu corazón ya no se siente igual.

 

Pero Jessica no te va abandonar al dejar el Santuario de las Víctimas. En la casa también vas a llegar a la Sala del Mar. Allí, la belleza del mar convierte este lugar en un espacio de reflexión, de contemplación, en donde el bálsamo del rumor del océano acompasa tus latidos de nuevo. “Aquí a veces lloramos o conversamos con las personas que han reconocido a sus seres queridos en el Santuario de las Víctimas”, te explica Jessica.

 

La Casa de la Memoria de Tumaco, la cual fue inaugurada en septiembre de 2013, está ubicada en la comuna 3 del municipio, una de las más afectadas por la violencia del conflicto armado.

“En nuestros barrios no nos hemos quedado esperando la inversión del Estado. La gente aquí es la que hace las cosas, rellena las calles y logra que se pongan las tuberías, etcétera”, te cuenta Johana Olaya, una tumaqueña de 27 años y quien coordina actualmente la Casa de la Memoria.

Johana llegó con su familia hace 15 años a Tumaco, víctima de desplazamiento forzado. O mejor dicho, víctima del paramilitarismo. Hoy es una profesional de Ciencias Humanas de la Universidad de Nariño y distribuye su tiempo como presidenta de la Plataforma Distrital de Juventudes, catequista y lideresa del barrio.

 “En mi familia casi todos hacemos parte de diferentes grupos y procesos sociales. Es algo que viene de casa, y sabemos la importancia de heredar eso a nuestros hijos. No lo vemos como un sacrificio”, te asegura.

 

Fue en 2012 cuando se vinculó a los grupos de apoyo de la Comisión Vida, Justicia y Paz de la Diócesis de Tumaco. Fue precisamente desde allí que se comenzó a pensar un museo para expresar físicamente las actividades de la institución. Así, en el marco de la Ley 1448 de 2011 (Ley de Víctimas) que promovía la creación de este tipo de espacios, nació el proyecto que hoy es una realidad y un activo invaluable de la comunidad en términos de memoria e identidad.

“Yo siento que la solución pacífica del conflicto es la salida”, te dice Johana. Y pues claro, si te lo dijera yo o un senador o un periodista, vaya y venga. Palabras al viento. Pero si te lo dice la presidenta de una iniciativa que recibió en diciembre de 2013 el premio de DD.HH. ‘Antonio Nariño’ otorgado por las embajadas de Alemania y Francia, y donde el propio presidente de la Corte Constitucional de Colombia encabezó ese mismo año un acto de reparación simbólica en honor a todas las víctimas… claro, eso ya es otra cosa. Para nada un lugar común.

Aunque el público mayoritario son jóvenes, la Casa de la Memoria se define como “un espacio físico de acogida personal para las víctimas y para personas e instituciones que desean trabajar por la paz”.

De ahí que varios grupos de víctimas se reúnan semanalmente para tejer lazos de amistad o en busca de un acompañamiento psicosocial. Lo cual pensarías, y con razón, que es algo que debería proveer el Estado al que pagas tus impuestos. Pero bueno, tú ya sabes cómo es la cosa.

El hecho es que la Casa de la Memoria también realiza procesos de formación en valores, en derechos humanos, así como actividades de voluntariado en ancianatos, limpieza de playas, entre otras.

Herminia Jiménez, madre de ocho hijos (uno de ellos está desaparecido hace siete años), es una de las mujeres que hace parte del Grupo de Amigos de la Casa de la Memoria. Aunque vive lejos de la sede, asiste constantemente a sus actividades.

Doña Herminia Jiménez tiene que atravesar el río La Brava (por eso el nombre de su vereda) para poder salir a La Espriella, el caserío más cercano donde se toma el transporte a Tumaco.

“El grupo me ha servido de mucho porque uno tiene la esperanza de que algún día uno consigue una razón de su hijo. Entonces hablar con otras personas que han pasado por lo mismo ayuda mucho porque entre todas sentimos un solo dolor y nos guiamos y nos proponemos hacer acciones”, te cuenta Herminia con esa voz en la que crujen los años.

El grupo lo conforman 56 mujeres víctimas, todas con un familiar desaparecido a cuestas. Ahora adelantan reuniones con entidades estatales, incluyendo la Gobernación de Nariño, con la idea de poder conformar un grupo de búsqueda de sus parientes. “Yo a los que también son víctimas los invito acá, para que vengan a las reuniones, porque cuando a uno le pasan esas cosas, acá al menos uno aprende para dónde coger o qué debe hacer”.

Después de hablar un rato con ella, como Herminia sabe que vives en Bogotá o en Cali o en alguno de tantos lugares del país en donde los fusiles se oyen desde muy lejos, te manda un mensaje para la gente de las ciudades: “A quienes no han vivido la guerra, que se pongan la mano en el corazón y miren para acá, porque eso es algo muy duro. Nosotras queremos que ojalá a nadie le pase lo que nos pasó a nosotros”.

Finalmente, conmovido, entras de nuevo al Santuario de las Víctimas. En tu cabeza se repiten las palabras que acaba de soltarte Herminia: “Cuando la gente va allí, uno tiene la esperanza de que de pronto alguien vea a mi hijo. De pronto alguien lo ve y sabe algo”.

 

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